Luz Helena Sánchez Acuña-Comunicadora Social y periodista
Hay enfermedades que llegan a una familia y cambian su historia para siempre. En la mía, el cáncer no ha sido una noticia aislada, sino una presencia constante que, desde niña, he tenido que aprender a reconocer y afrontar.
Mi tía abuela, mis abuelas, mis tíos, mis primos, mi mamá y mis dos hermanas han hecho parte de esta historia. He visto a algunos perder la batalla y a otros continuar luchando contra una enfermedad que no solo pone a prueba el cuerpo de quien la padece, sino también las emociones y la fortaleza de toda una familia.
En nuestra historia existe, además, una realidad genética: la presencia de mutaciones en los genes BRCA1 y BRCA2, asociadas con un mayor riesgo de desarrollar determinados tipos de cáncer, tanto en hombres como en mujeres. Saberlo significa vivir con una conciencia distinta de la enfermedad y con el temor de que un nuevo diagnóstico pueda aparecer en cualquier momento.
En mi familia cercana hemos enfrentado siete diagnósticos: cuatro de mi hermana Elizabeth, dos de mi mamá y uno de mi hermana Gloria. Siete veces hemos tenido que respirar profundo, comprender lo que sucede y encontrar fuerzas para seguir. La experiencia nos ha enseñado a acompañar, pero nunca hace que una nueva noticia duela menos.
Hoy, es la madrugada del 17 de octubre de 2026, escribo estas líneas desde la habitación 468 del Instituto Nacional de Cancerología. Estoy al lado de mi hermana Elizabeth, acompañándola en la lucha contra su cuarto cáncer, esta vez de pulmón. Mientras la observo afrontar nuevamente esta enfermedad con valor, determinación, fe y esperanza, pienso en todo lo que hemos vivido y en lo que significa amar a alguien cuando la incertidumbre vuelve a nuestras vidas. Porque una cosa es escuchar hablar del cáncer y otra muy distinta es vivirlo de cerca. Y otra, quizás menos visible, es vivirlo como familiar de quien lo padece.
Se siente impotencia, porque uno quisiera encontrar una solución, cambiar un resultado o asumir el dolor del otro para aliviarlo. Se siente rabia, miedo y tristeza. Pero también alegría ante una noticia favorable, un resultado alentador o un día en el que parece que todo puede salir bien. Se siente esperanza, incluso cuando las circunstancias son difíciles. Todas esas emociones pueden cambiar en cuestión de minutos, incluso de segundos. Una llamada puede devolvernos la tranquilidad y otra despertar el miedo. Hay días en los que parece que no sentimos nada, porque el cansancio emocional también necesita una pausa. Y hay otros en los que necesitamos aferrarnos a todo: a la fe, a la ciencia, a los médicos, a los abrazos y a la posibilidad de que mañana sea mejor.
Esa es también la vida de quienes acompañamos a una persona con cáncer: aprender a esperar, intentar transmitir tranquilidad cuando por dentro sentimos miedo y comprender que no siempre existen palabras capaces de aliviar lo que está pasando.
Estas experiencias han transformado nuestra manera de mirar la vida. Siempre hemos sido una familia unida, pero la enfermedad nos ha enseñado a comprender más profundamente lo que significa estar presentes. A decirnos lo que sentimos, a demostrarnos el amor todos los días y a valorar los momentos que antes parecían cotidianos: una conversación, una comida compartida, una risa o un abrazo.
Hemos aprendido que no somos perfectos, que tenemos diferencias y desacuerdos, pero que la familia sigue siendo ese lugar al que podemos volver cuando necesitamos fuerza. También que no debemos aplazar las palabras importantes ni dar por sentado que siempre habrá otra oportunidad para decirlas.
Este escrito es un homenaje a mi prima Olga, quien el 31 de mayo de este año perdió la batalla; a todas las personas de mi familia que han partido después de enfrentarse a esta enfermedad; a mi mamá y a mis hermanas, que la han superado. Y, de manera muy especial, a Elizabeth, quien hoy vuelve a demostrarme que el valor no significa no tener miedo, sino seguir adelante a pesar de él.
Escribo sin pretender dar lecciones ni ofrecer fórmulas para afrontar una enfermedad que cada persona y cada familia vive de manera distinta. Quiero contar lo que significa estar del otro lado: acompañar, esperar, llorar en silencio, celebrar cada buena noticia y convivir con emociones que cambian sin pedir permiso.
Lo hago con profundo respeto por quienes hoy reciben un diagnóstico, por quienes están en tratamiento, por quienes acompañan a sus seres queridos y por quienes han tenido que despedirse de alguien a quien aman.
El cáncer ha hecho parte de nuestra historia, pero no es toda nuestra historia. También somos los abrazos, las conversaciones, las risas, la unión y la esperanza que persiste incluso cuando tenemos miedo.
Hoy, desde esta habitación, mientras mi hermana está en una nueva batalla, vuelvo a comprender que no podemos controlar todo lo que la vida nos pone delante. Pero sí podemos elegir cómo amar, cómo acompañar y cómo permanecer al lado de quienes hacen parte de nuestra vida.